viernes, 27 de noviembre de 2009

“Tiempo de Adviento, se inicia un nuevo año litúrgico. ¿Repetimos curso?”, reflexión del obispo de Girona

¡Adviento! El Señor viene. Y nosotros, ¿adónde vamos?

obspogirona
Pues sí y no. Sí, porque como todos los años, el Adviento nos ayuda a preparar la celebración de la primera venida de Jesús, la Navidad; hace que estemos atentos a su venida en este momento de la vida, de la vida de cada uno de nosotros. Por ello, no podemos decir que repetimos curso, pues no somos exactamente iguales que en el anterior tiempo de Adviento, es posible que tengamos otras preocupaciones… Y, finalmente, nos invita a mirar hacia el futuro, en la dirección de la segunda venida del Señor, que será gloriosa, para llevar a su plenitud la salvación .
Este Adviento ofrece nuevas oportunidades a nuestra vida cristiana, podemos vivir nuevos aspectos, reafirmar nuestra confianza en Jesús y, en esta primera semana se nos propone, sobre todo, afianzar o hacer más fuerte nuestra esperanza, con objeto de que la oscuridad, la angustia, el desánimo del día a día, no nos impidan vislumbrar y vivir anticipadamente lo que se halla donde se encamina nuestra vida y la historia humana.

El fragmento del evangelio de san Lucas de este primer domingo trata de los males de la historia a base de imágenes de desastres naturales que rompen la armonía del universo. Expresiones como: “Habrá en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo”, manifiestan de forma singular, todo lo que nos ocurre a causa de los males y los sufrimientos provocados por los hombres: guerras, asesinatos, violencias, injusticias… y también por los efectos que pueden tener los fenómenos naturales, especialmente sobre las poblaciones más débiles y con menos recursos.
En el transcurso de la historia humana de cada uno de nosotros, y al término de la historia personal, cuando nos enfrentemos al peor de los desastres, al peor de los males, que es la muerte, el Señor nos exhorta: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación, y veréis venir al Hijo del Hombre con gran poder y majestad”. Es decir que, en estos momentos de la vida que calificamos de difíciles, de desastrosos, de incomprensibles, cuando nos parece que no hay salida, que todo está perdido… entonces es cuando debemos creer y confiar que el Señor que viene a liberarnos, a salvarnos. Tanto en las situaciones de la vida, como al final de ella.
Animo a todos a redescubrir que, efectivamente, esta ha sido nuestra experiencia. ¿Quién nos ha dado fuerza para superar desánimos, para mantenernos firmes cuando todo parecía hundirse a nuestro alrededor? ¿Quién nos ha transmitido la fuerza necesaria para afrontar enfermedades, y para servir y atender a los enfermos? ¿Quién nos ha mantenido en la esperanza cuando no había razones humanas para esperar?

Ahora bien, es preciso mantener ciertas actitudes que nos sugiere el Señor:

- Liberar el cuerpo de los excesos de comida y bebida o de la preocupación de los negocios. Dicho de otro modo: no vivir exclusivamente para tratar de poseerlo todo.
- Velar: estar atentos, pidiendo ayuda para afrontar la vida.
- No hundirnos ante los poderes de este mundo, ni por lo que consideramos un fracaso, ni por un entorno hostil.
- Ni tratar de evadirnos a través de una vida frívola, que nos impida ser conscientes de lo que es verdaderamente importante para vivir.
- Velar, estar atentos y orar en toda ocasión, para poder seguir adelante y mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre.
- Velemos, pues: el Señor viene. ¿Saldremos a su encuentro?

+ Francesc Pardo i Artigas
Obispo de Girona



http://www.agenciasic.es/2009/11/27/tiempo-de-adviento-se-inicia-un-nuevo-ano-liturgico-¿repetimos-curso-reflexion-del-obispo-de-girona/

miércoles, 25 de noviembre de 2009


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“Adviento”, carta de Mons. José Sánchez

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Con este domingo, 29 de noviembre, comienza el santo tiempo del Adviento- Es tiempo de preparación para celebrar dignamente la Venida del Señor en el misterio de la Navidad. Los textos de la liturgia – lecturas, oraciones, antífonas, himnos…- están muy bien escogidos y nos van introduciendo gradualmente en la Navidad del Señor, a fin de que ésta constituya un acontecimiento personal y comunitario de primer orden.

Una manera muy apropiada para prepararnos para la Navidad y celebrar el Adviento es siguiendo los textos de la celebración eucarística y de la Liturgia de las Horas, De este modo, nos identificamos con toda la Iglesia que espera, anhela e invoca la venida de su Señor y se prepara espiritualmente para recibirlo.

Al pronunciar y meditar los textos de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y de la Liturgia de la Iglesia nos sentimos identificados también con los creyentes del Antiguo Testamento. Creyeron, esperaron y anhelaron la Venida del Mesías y, aunque no lo conocieron, a excepción de unos pocos de sus coetáneos, como Juan el Bautista, María y José, la sola esperanza en su venida y la súplica anhelante les hacían mantener la tensión religiosa y experimentar el gozo anticipado.

Nosotros hemos sido privilegiados con respecto a los Patriarcas y Profetas, que desearon ver lo que nosotros vemos por la fe y experimentamos por la acción del Espíritu; a saber, la presencia salvadora del Señor, que ya vino a salvarnos y a la que tenemos acceso en la celebración litúrgica, en la oración, en la práctica de los sacramentos, en la acción caritativa…

Por más que nos embarguen el legítimo afán por preparar bien la celebración de las fiestas de la Navidad y cumplir con los obligados compromisos en esos días, hemos de cuidar, sobre todo, el aspecto espiritual de la celebración personal y comunitaria del gran acontecimiento del Nacimiento del Señor, nuestro Salvador.

Para ello nos ofrece el Adviento una excelente ocasión. En este tiempo, hemos de intensificar nuestro trato con el Señor, encontrar más tiempo para la oración, para la práctica de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, para la participación en la santa Misa, para acompañar a la Virgen en su espera y esperanza, para acercarnos más a nuestros hermanos, especialmente a los más necesitados, en los que el Señor viene también a nuestro encuentro.

Con esta preparación, es más fácil celebrar la Navidad auténtica. Es una fiesta demasiado importante como para improvisar su celebración. Que la excesiva preocupación y ocupación y el afán por tenerlo todo preparado para la fiesta de familia y para cumplir con otros múltiples compromisos propios de estas fiestas, no nos roben todo el tiempo que también necesitamos y que se nos ofrece para templar nuestro espíritu ante la inminente Venida del Señor.

Os saluda y bendice vuestro Obispo
+ José Sánchez González
Obispo de Sigüenza-Guadalajara



http://www.agenciasic.es/2009/11/24/adviento-carta-de-mons-jose-sanchez/

martes, 24 de noviembre de 2009

El obispo de Segorbe-Castellón lamenta que "los cristianos somos objeto de incomprensión"

El obispo de Segorbe-Castellón titula su carta dominical de esta semana "Cristo Rey: Testigo de la verdad". Monseñor Casimiro López lamenta que "también al confensar hoy la realeza de Jesucristo, los cristianos somos objeto de incomprensión o de burla escéptica, como lo fue Jesús por Pilatos".

Redacción Local - 22-11-09

Monseñor Casimiro López

Cristo Rey: Testigo de la verdad

Queridos diocesanos:

En el último domingo del año litúrgico celebramos la Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Durante su Pasión, a la pregunta de Pilatos, “¿Con que tú eres rey?”, Jesús respondió: “Tú lo dices: soy rey” (Jn 18, 37). Pero su “reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). Por esta razón rechazó el título de rey cuando se entendía en sentido político (cf. Mt 20, 25). Cristo no vino a dominar sobre pueblos y territorios, sino a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado, de la mentira y de la muerte, y a reconciliarlos con Dios. Jesús ha nacido y ha venido al mundo para ser testigo de la verdad (Jn 18, 37). La ‘verdad’ que Cristo vino a testimoniar en el mundo es que Dios es amor y que Dios nos ama. Está la verdad de Dios, del hombre y del mundo, de la que Jesús dio pleno testimonio con el sacrificio de su vida en el Calvario. La cruz es el ‘trono’ desde el que manifestó la sublime realeza de Dios Amor: ofreciéndose como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del ‘príncipe de este mundo’ (Jn 12, 31) e instauró definitivamente el reino de Dios. Este Reino se manifestará plenamente al final de los tiempos, después de que todos los enemigos, y por último la muerte, sean sometidos. Entonces el Hijo entregará el Reino al Padre y finalmente Dios será “todo en todos” (1 Co 15, 28).

El camino para llegar a esta meta es largo y no admite atajos; en efecto, toda persona debe acoger libremente la verdad del amor de Dios. Dios es amor y verdad, y tanto el amor como la verdad no se imponen jamás: llaman a la puerta del corazón y de la mente y, donde pueden entrar, infunden paz y alegría. Este es el modo de reinar de Dios, este es su proyecto de salvación, un designio que se revela y desarrolla poco a poco en la historia (Benedicto XVI).

La realeza de Cristo no puede ser comprendida por quienes se aferran al poder de este mundo. También al confesar hoy la realeza de Jesucristo, los cristianos somos objeto de incomprensión o de burla escéptica, como lo fue Jesús por Pilatos. Su realeza va unida al amor por la verdad, que no siempre es cómoda. Hay una forma de ejercer hoy el poder que busca someter la verdad. Es el caso del totalitarismo, que “nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena iden tidad, tampoco existe ningún principio seguro que garan tice relaciones justas entre los hombres” (Juan Pablo II).

Al manipular la verdad, todo se enturbia. El fraude, el robo, la corrupción, la mentira, el aborto, la eutanasia y muchas otras formas injus tas de tratar al hombre, de no reconocer su dignidad sagrada dejan de reconocerse como males. La verdad sometida mantiene a los hombres en la esclavitud. Algunos experimentan la crueldad de esa situación, mientras otros, en el sueño de una aparen te libertad, son esclavos de sus propias pasiones. Jesucristo Rey, al liberarnos del pecado, nos capacita para ordenar toda nuestra vida y nuestras acciones según Dios, según sus mandamientos. Así, todo alcanza su verdad. Jesucristo es Rey y abre ante nosotros un nuevo horizonte de libertad, que vence el miedo ante todo poder humano. Dejemos que su reino se haga presente en medio de noso tros. Sólo él puede liberarnos de todas las formas de tira nía.

Con mi afecto y bendición,

Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

http://www.cope.es/castellon/08-11-09--obispo-segorbe-castellon-recuerda-necesidad-redescubrir-sentido-vida-muerte-59543-2


El obispo de Segorbe-Castellón festeja el "Día de la Iglesia"

En su carta dominical, el obispo de la Diócesis de Segorbe-Castellón, Mons. Casimiro López Llorente, celebra el "Día de la Iglesia Diocesana".

Redacción - 15-11-09

Obispo de la Diócesis de Segorbe-Castellón.

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Carta dominical

Sentirse Iglesia diocesana

Queridos diocesanos:

El Día de la Iglesia diocesana nos invita a los católicos a sentirnos parte de ella para amarla de verdad. Nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón no es algo ajeno a cada uno de nosotros; es nuestra Iglesia, de la que formamos parte todos los católicos que vivimos en el territorio diocesano. Cierto que sentimos más cercana a nuestra parroquia, pero ésta no seria nada sin la Iglesia Diocesana, de la que es como un miembro en el cuerpo humano, a la que estar vitalmente unida si no quiere enfermar, languidecer y morir.

Con frecuencia los católicos acudimos a la Iglesia o a nuestra parroquia sólo cuando la necesitamos; satisfecha nuestra necesidad la olvidamos y vivimos al margen de ella, de su vida y misión. No agradecemos tantos bienes recibidos de ella como son, entre otros: la fe en Jesucristo y su Palabra, su Eucaristía y los demás sacramentos, la educación en la fe y de la conciencia moral, la capacidad de amar a los demás y de sacrificarnos por ellos, el perdón de los pecados, la continua renovación de nuestras personas, la ayuda en la necesidad, el compromiso con nuestra sociedad y la esperanza de la vida eterna.

Otros se alejan de ella, de su fe y de su moral, de su vida y misión diciendo que se puede ser cristiano católico al margen de la Iglesia. ‘Creo en Jesucristo pero no en la Iglesia’, dicen. Craso error. Porque ¿cómo han llegado a Jesucristo, y a Dios, el Dios revelado por Él, y como se mantienen unidos a Él si no es por la Iglesia? La citada oposición es contraria a lo que profesamos en el Credo: “Creo en la Iglesia una, santa católica y apostólica”. Se olvida que la Iglesia misma es el Cuerpo de Cristo, de la cual Él es la Cabeza: y no se puede separar la Cabeza del resto del cuerpo.

Nuestra Iglesia diocesana es un don del amor de Dios. Hemos de saber amarla de corazón como a nuestra misma madre y familia. Es querida y fundada por Cristo; está permanentemente alentada por la presencia del Espíritu Santo para ser el lugar de la presencia del Señor, de su Evangelio y de su obra de Salvación entre nosotros. Quien se aleja de ella termina por desfallecer en su fe y vida cristiana.

Nos urge recuperar el amor a nuestra Iglesia, valorar y agradecer los bienes recibidos de ella. Es preciso sentir que somos parte de ella, que la necesitamos y que queremos vivir en y con la Iglesia, comprometidos con su vida y su misión para que nuestra Iglesia acompañe y ayude a todos. Nuestro amor nos ha de llevar al compromiso con nuestra Iglesia: en la vivencia de la fe y vida cristianas, en la cooperación en su vida y tareas, y en el compromiso económico. En estos momentos de profunda crisis económica, moral y espiritual, el acompañamiento y la ayuda de la Iglesia son de gran esperanza para una sociedad dolorida. Para que quienes acuden a la Iglesia buscando ayuda puedan encontrar en ella una respuesta adecuada, es necesario que disponga de los medios necesarios. La colaboración de los católicos y de los que valoran su labor es indispensable, también y precisamente en estos momentos de crisis. En estas circunstancias, nuestra la colaboración es, más que nunca, el termómetro de nuestro amor a la Iglesia y de nuestro compromiso eclesial. Todos tenemos que participar en la Iglesia y colaborar económicamente en su sostenimiento. Todos somos necesarios.

Con mi afecto y bendición,


http://www.cope.es/castellon/15-11-09--obispo-segorbe-castellon-festeja-dia-iglesia-104855-2

Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

hoja parroquial del 15 y 22 de noviembre

http://issuu.com/hojaparroquial/docs/2490-hp_15nov



El obispo de Segorbe-Castellón lamenta que "los cristianos somos objeto de incomprensión"

El obispo de Segorbe-Castellón lamenta que "los cristianos somos objeto de incomprensión"

El obispo de Segorbe-Castellón titula su carta dominical de esta semana "Cristo Rey: Testigo de la verdad". Monseñor Casimiro López lamenta que "también al confensar hoy la realeza de Jesucristo, los cristianos somos objeto de incomprensión o de burla escéptica, como lo fue Jesús por Pilatos".

Redacción Local - 22-11-09

Monseñor Casimiro López

Cristo Rey: Testigo de la verdad

Queridos diocesanos:

En el último domingo del año litúrgico celebramos la Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Durante su Pasión, a la pregunta de Pilatos, “¿Con que tú eres rey?”, Jesús respondió: “Tú lo dices: soy rey” (Jn 18, 37). Pero su “reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). Por esta razón rechazó el título de rey cuando se entendía en sentido político (cf. Mt 20, 25). Cristo no vino a dominar sobre pueblos y territorios, sino a liberar a los hombres de la esclavitud del pecado, de la mentira y de la muerte, y a reconciliarlos con Dios. Jesús ha nacido y ha venido al mundo para ser testigo de la verdad (Jn 18, 37). La ‘verdad’ que Cristo vino a testimoniar en el mundo es que Dios es amor y que Dios nos ama. Está la verdad de Dios, del hombre y del mundo, de la que Jesús dio pleno testimonio con el sacrificio de su vida en el Calvario. La cruz es el ‘trono’ desde el que manifestó la sublime realeza de Dios Amor: ofreciéndose como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del ‘príncipe de este mundo’ (Jn 12, 31) e instauró definitivamente el reino de Dios. Este Reino se manifestará plenamente al final de los tiempos, después de que todos los enemigos, y por último la muerte, sean sometidos. Entonces el Hijo entregará el Reino al Padre y finalmente Dios será “todo en todos” (1 Co 15, 28).

El camino para llegar a esta meta es largo y no admite atajos; en efecto, toda persona debe acoger libremente la verdad del amor de Dios. Dios es amor y verdad, y tanto el amor como la verdad no se imponen jamás: llaman a la puerta del corazón y de la mente y, donde pueden entrar, infunden paz y alegría. Este es el modo de reinar de Dios, este es su proyecto de salvación, un designio que se revela y desarrolla poco a poco en la historia (Benedicto XVI).

La realeza de Cristo no puede ser comprendida por quienes se aferran al poder de este mundo. También al confesar hoy la realeza de Jesucristo, los cristianos somos objeto de incomprensión o de burla escéptica, como lo fue Jesús por Pilatos. Su realeza va unida al amor por la verdad, que no siempre es cómoda. Hay una forma de ejercer hoy el poder que busca someter la verdad. Es el caso del totalitarismo, que “nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena iden tidad, tampoco existe ningún principio seguro que garan tice relaciones justas entre los hombres” (Juan Pablo II).

Al manipular la verdad, todo se enturbia. El fraude, el robo, la corrupción, la mentira, el aborto, la eutanasia y muchas otras formas injus tas de tratar al hombre, de no reconocer su dignidad sagrada dejan de reconocerse como males. La verdad sometida mantiene a los hombres en la esclavitud. Algunos experimentan la crueldad de esa situación, mientras otros, en el sueño de una aparen te libertad, son esclavos de sus propias pasiones. Jesucristo Rey, al liberarnos del pecado, nos capacita para ordenar toda nuestra vida y nuestras acciones según Dios, según sus mandamientos. Así, todo alcanza su verdad. Jesucristo es Rey y abre ante nosotros un nuevo horizonte de libertad, que vence el miedo ante todo poder humano. Dejemos que su reino se haga presente en medio de noso tros. Sólo él puede liberarnos de todas las formas de tira nía.

Con mi afecto y bendición,

Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón


http://www.cope.es/local/08-11-09--obispo-segorbe-castellon-recuerda-necesidad-redescubrir-sentido-vida-muerte-59543-2